sábado, 9 de enero de 2010

PROCERES NACIONALES

Estamos viviendo una época de pocos valores y muchos malos ejemplos. Y esto, aunque afecte a todo el orbe y no se escape ninguna nación, debemos preocuparnos por lo que sucede en nuestro país y tratar los asuntos domésticos con seriedad para ver que está pasando con nuestra cultura, nuestras costumbres y el legado que nuestros abuelos no dejaron.

Si bien, por siglos y desde el conocimiento que se tiene de la humanidad se han dado comportamientos individuales malos y lesivos para la sociedad, no podemos, por costumbre o por acomodo justificar, que siempre habrán ovejas negras en la familia, en la comunidad y en la nación. Sino, por obligación debemos revisar todo aquello aspectos, factores o circunstancias que influyen en los cambios de las conductas en los ciudadanos y en su organización o desorganización social.

En nuestros programas educativos se ha enseñado y se siguen enseñando el buen ejemplo de los nuestros próceres (personas de la primera distinción o constituidas en alta dignidad) pero, esos son aquellos que figuraron durante la época independentista, y nos hemos quedado con ellos y solo con ellos. Y por lo que parece no han surgido ni surgirán nuevos.

Desconozco si se le ha dado esa connotación o envestidura a ciudadanos contemporáneos, si me equivoco, que perdonen los que así, han sido recientemente calificados. Pero es increíble que aún y en un nuevo siglo sigamos insistiendo en traer los mismos nombres de los próceres del pasado y que no hagamos surgir o valorar a ciudadanos probos, luchadores y altamente capaces de redactar o proponer nuevas consignas de desarrollo, libertar y compromisos de los ciudadanos, las autoridades y los gobiernos que van haciéndose presentes en los tiempos modernos.

Si de personajes se trata, creemos que son los ciudadanos que el pueblo elige para cargos públicos, quienes estarían más próximos a ser considerados un prócer (alto eminente, elevado) y si de espacios hablamos seria en el Congreso, La Presidencia, Las Alcaldías o en la Corte Suprema, en donde puedan descubrirse, porque allí es donde se demuestran las intenciones particulares y los deseos patrióticos por una mejor Honduras.

Lastimosamente, no todos los ciudadanos que llegan a esos espacios, se convierten en defensores de los idealismos del pueblo, y si algunos lo hacen, les falta capacidad y solo llegan a ser simples palabreros (que hablan mucho, que ofrecen fácilmente y no cumplen) y no los paladines que deseamos. Mas bien, es en ellos y en esas alturas en donde perdemos personas que iniciaron bien su vida pública y política y llegaron a caer en la redes de sus debilidades y en las tentaciones de lo moderno, lo superficial y lo terrenal. Sus huellas son negativas y ojala nuestra historia solo consagre a los que nos dan buenos ejemplos. ■

COSECHANDO LO SEMBRADO

El comportamiento y los hechos que protagonizan los jóvenes en la actualidad en gran medida son el producto de las libertades, conductas, enseñanzas o valores que nosotros -como padres y a la vez como miembros de la sociedad- les inculcamos o les permitimos a ellos cuando eran niños.

Esto, de cierta manera, nos hace responsables y nos debe obligar a buscar las medidas preventivas que ayuden a que ésta juventud no caiga en el error nuestro, en cuanto a la crianza de sus hijos. Si somos objetivos, no podemos decir que la educación y los valores morales o éticos que se le brindó a nuestra generación fueron mejor que los que se le brinda a la actual.

Ese argumento lo ha esgrimido quienes pertenecen a la generación anterior a la nuestra y lo manejará la generación actual sobre la próxima, y así sucesivamente una tras otra hasta el infinito. Por lo tanto, esto no nos debe detener para determinar que es lo que nosotros hicimos mal y aceptar que sí hemos contribuido, para que quienes nos sustituyen generacionalmente, reflejen su mala formación de cuando niños.

Por generaciones les compramos a nuestras hijas muñecas o enseres de cocina en miniatura y a nuestros hijos pistolas, cuchillos o rifles u otras armas. Estos “juguetes” se los regalamos para su entretenimiento, porque están de moda y para que le sirvan al niño en su distracción. Como padres disfrutamos cuando ellos juegan y hasta resaltamos las conductas y las cualidades maternales que demuestran las niñas, y la destreza como la valentía de los niños en el uso de las armas (juguetes en ese momento). Pero, no asimilamos que estamos forjando comportamientos que a corto plazo se pueden convertir en conductas permanentes que después airadamente reclamamos; a las niñas cuando prematuramente se convierten en madres y las vemos con tiernos y no muñecas en sus brazos o cuando nos molestamos porque terminaron en las cocinas por no haberse preparado. Y a los niños cuando se meten en problemas porque andan armados con pistolas reales y no de juguete.

Hoy en día les compramos los modernos juegos electrónicos, mismos que incitan al choque y disputa por las carreteras y al combate en peleas a puño y patada o con armas por dominar espacios territoriales. Estos no discriminan la participación de niñas o niños y forman conductas en las cuales la juventud cree que los espacios y el respeto de la sociedad o de los demás se alcanzan solo demostrando superioridad en las peleas o competencias.

Si sembramos tomates, cosecharemos tomates, por lo tanto aceptemos que el comportamiento de nuestros jóvenes lo pincelamos comercializando juguetes nocivos, teniendo una corta visión sobre que debemos comprarles a nuestros hijos y por no forjar en ellos respeto y temor a Dios y a las Autoridades. ■

¡ATREVETE A SER DIFERENTE!

Es fácil ser o comportarse como la mayoría, pero en nuestro medio tratar de ser diferente, es una osadía. Nos hemos aferrado al refrán: al lugar que fueres, has lo que vieres. Pero esto no siempre es aplicable, ni mucho menos recomendable. Se puede aprender de los demás, lo mejor de ellos y desechar lo peor. Eso permite, guardar un equilibrio entre lo que hay que hacer según lo que se ve y lo que hay que desechar para solo imitar lo mejor y más productivo de quienes nos rodean.

Tengo un cuadro con el titulo: ¡Atrévete a ser diferente!, con la imagen de 20 frutas (manzanas) de las cuales 19 son de color verde y 1 de color rojo, siempre lo llevo conmigo a mis espacios de trabajo y mucho me ha servido como tema de reflexión con amigos y compañeros, para interpretar su significado.

Su mensaje es sencillo y profundo; atrévete a diferenciarte entre los demás. Una fruta roja sobresale entre 19 frutas verdes, pero hubo alguien que me dijo que lo que veía en él, era que una fruta (la roja) podía dañar –podrir dijo- a las demás (las verdes). Bueno, esa fue su interpretación, la cual respeto pero que yo no comparto y espero que no sea por muchos compartida. Se puede dar esa situación, pero nunca un mensaje propone que atreverse a ser diferente siendo lo peor.

Volviendo a lo positivo del mensaje, se que todos podemos marcar la diferencia en grupos sociales, educativos o de trabajo si ponemos empeño de dar lo mejor de nosotros mismos y si superamos las expectativas que los demás tienen sobre nosotros. Es más fácil intentar o atreverse a ser diferente –el más colaborador, el más disciplinado, el menos problemático, el más sobresaliente (positivamente hablando), el más útil, el nunca cizañero, el más servicial (no servil), el más comprensivo, entre otras tantas buenas conductas y/o cualidades- que intentar ser o ser el todo lo opuesto a lo propuesto anteriormente.

No siempre este ejercicio multiplica amigos o compañeros, pero siempre nos hace famosos, porque entre otros nos abre espacios en sus pláticas porque rompemos las conductas y comportamientos tradicionales. Al principio, al tratar de ser diferentes, se nos puede crear animadversión, pero con el tiempo se nos puede premiar con la aceptación de nuestro atrevimiento, si logramos ser ejemplos o por lo menos con el solo hecho de que nos digan que hemos mejorado para con nosotros mismos.