Estamos viviendo una época de pocos valores y muchos malos ejemplos. Y esto, aunque afecte a todo el orbe y no se escape ninguna nación, debemos preocuparnos por lo que sucede en nuestro país y tratar los asuntos domésticos con seriedad para ver que está pasando con nuestra cultura, nuestras costumbres y el legado que nuestros abuelos no dejaron.
Si bien, por siglos y desde el conocimiento que se tiene de la humanidad se han dado comportamientos individuales malos y lesivos para la sociedad, no podemos, por costumbre o por acomodo justificar, que siempre habrán ovejas negras en la familia, en la comunidad y en la nación. Sino, por obligación debemos revisar todo aquello aspectos, factores o circunstancias que influyen en los cambios de las conductas en los ciudadanos y en su organización o desorganización social.
En nuestros programas educativos se ha enseñado y se siguen enseñando el buen ejemplo de los nuestros próceres (personas de la primera distinción o constituidas en alta dignidad) pero, esos son aquellos que figuraron durante la época independentista, y nos hemos quedado con ellos y solo con ellos. Y por lo que parece no han surgido ni surgirán nuevos.
Desconozco si se le ha dado esa connotación o envestidura a ciudadanos contemporáneos, si me equivoco, que perdonen los que así, han sido recientemente calificados. Pero es increíble que aún y en un nuevo siglo sigamos insistiendo en traer los mismos nombres de los próceres del pasado y que no hagamos surgir o valorar a ciudadanos probos, luchadores y altamente capaces de redactar o proponer nuevas consignas de desarrollo, libertar y compromisos de los ciudadanos, las autoridades y los gobiernos que van haciéndose presentes en los tiempos modernos.
Si de personajes se trata, creemos que son los ciudadanos que el pueblo elige para cargos públicos, quienes estarían más próximos a ser considerados un prócer (alto eminente, elevado) y si de espacios hablamos seria en el Congreso, La Presidencia, Las Alcaldías o en la Corte Suprema, en donde puedan descubrirse, porque allí es donde se demuestran las intenciones particulares y los deseos patrióticos por una mejor Honduras.
Lastimosamente, no todos los ciudadanos que llegan a esos espacios, se convierten en defensores de los idealismos del pueblo, y si algunos lo hacen, les falta capacidad y solo llegan a ser simples palabreros (que hablan mucho, que ofrecen fácilmente y no cumplen) y no los paladines que deseamos. Mas bien, es en ellos y en esas alturas en donde perdemos personas que iniciaron bien su vida pública y política y llegaron a caer en la redes de sus debilidades y en las tentaciones de lo moderno, lo superficial y lo terrenal. Sus huellas son negativas y ojala nuestra historia solo consagre a los que nos dan buenos ejemplos. ■