lunes, 11 de octubre de 2010

VIENDO Y VIVIENDO LAS LLUVIAS

Otra vez estamos en la época del año en la cual nos domina el temor, la inquietud y la preocupación por los estragos que ocasionan las lluvias en la ciudad capital. Es cuando todos pasamos pendientes de los resultados que puede dejar una lluvia torrencial en nuestra débil -y deteriorada por nosotros mismos- infraestructura urbana. Algunos sufren viviendo en carne propias los estragos que la naturaleza le devuelve a aquellos que han construido o edificado en áreas que por tener o demostrar depresiones o causes naturales le pertenecen a ella, y otros sufrimos viendo ese cobro de la naturaleza y las secuelas que una mala –no sé si inexistente- planificación de crecimiento urbano puede dejar.

Al pasar los chubascos se comprueba que nuestra ciudad esta localizada en una región con suelos cuya estructura y textura son altamente susceptibles a la erosión y a los derrumbes. Nada nuevo porque se tienen estudios que la cooperación internacional ha efectuado con propuestas de alternativa que pueden mitigar los desastres, pero las mismas y algunas en particular, que han sido discutidas y analizadas, no han sido aceptadas y no solo por su costo, sino también por querer defender y conservar la estética y los diseños arquitectónicos de la ciudad.

También, parece que las autoridades del Gobierno, ven hacia esos lugares hasta que se presentan los desastres y hay que rescatar o atender por emergencias a los pobladores de esas zonas y no promueven medidas preventivas. Sí se sabe, y se reconoce, que al momento de los daños, las autoridades dicen presente y se montan los espectáculos para que los que no están viviendo la situación si la vean por los medios de comunicación escritos o televisivos llegando hasta allí la acción de los superiores y terminándola los empleados, los vecinos y uno que otro voluntario.

Se llega a asignar recursos en términos de millones para ayuda, se piden contribuciones a los que por suerte vimos y no vivimos los embates de las aguas y nuevamente se gasta en horas/combustible, horas/contratos, jornales/trabajo, horas/publicidad, en fin se erogan recursos que debieran ser invertidos preventivamente, y mejor durante el verano para crear obras de infraestructura que encausen las corrientes de invierno y que provean contenciones de las tierras en las laderas o cerros en donde mal se construye.

Pero como siempre, todas las soluciones son temporales y no se ordena regular las construcciones en las zonas de riesgo, prohibir habitar zonas de alta fragilidad estructural, y registrar a quienes se dedican a poblar esas zonas riesgosas. Además ¿por qué no se deducen responsabilidades a los padres de familia que arriesgan la vida de sus hijos -niños y adolescentes- por no abandonar esas zonas al momento de decretar las alarmas sobre riesgos? ■

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