En Honduras estamos en plena propaganda
política, misma que en las últimas décadas no ha cambiado mucho, ni en estilo
ni en caras, principalmente las de los candidatos a diputados muchos que no
envejecen según las fotos de sus afiches o porque no es desgastante estar en el
Congreso. Por allí si hay unos nuevos candidatos, pero son solo eso “nuevos”,
sin una trayectoria social relevante conocida y en ocasiones ni muy prestigiosa
que se diga.
Nuevamente se observa el interés particular de
muchos políticos por añejarse en ese oficio y principalmente perpetuarse en lo
que dicen ser, “representantes del pueblo”, cosa que es muy discutible porque
muchos políticos creen que el camino a seguir en esa su tarea la logran con
dádivas y regalías, más que con crear oportunidades y espacios que le genere a
la población ingresos por su propio
esfuerzo y trabajo.
Las propuestas serias no existen, ni mucho
menos se expresan en documentos que puedan ser conocidos por los votantes. Las
promesas sobran, y a veces son desde increíbles
hasta imposibles porque solo plantean lo que pretenden o idealizan
cumplir si son electos, pero que no explican el “como” las cumplirán, como se
financiaran si son obras, como las adquirirán si son materiales o equipos, y
sobre todo en donde y a quienes las entregaran porque no precisan con exactitud
al sector social, el área o la región a beneficiar.
Lo anterior no es nuevo pero si preocupante,
porque los votantes no conocemos el plan que cada político se propuso para con
sus seguidores o “representados” y nuevamente hay que votar, sin haber visto
resultados halagadores en el desempeño de los que quieren repetir, ni conocer la
trayectoria moral, ética o social de los que por primera vez se postulan.
Para proponer y elegir a un candidato a la
Presidencia de la República, primero hay que ver quienes le rodean como
cercanos colaboradores en su periodo de campaña, en segundo lugar quienes son
los Diputados que van por su partido político, y en un tercer lugar estar
personalmente seguros si votaremos por un amigo, un conocido, un famoso, un
intachable ciudadano, por un partido político o por un sistema de gobierno. Ya
que así y solo así, sabremos si
aceptamos lo que decida la mayoría o si tenemos la altura y valor de quejarnos,
arrepentirnos o a criticar a las autoridades que próximamente nos gobernaran.
En política no debe caber el refrán “vale más viejo conocido que nuevo por conocer”, porque es posible que los nuevos políticos, si son bien seleccionados, resulten ser mejores si su moral y capacidad es equilibrada y sostenible en un ámbito contaminador como lo puede ser el de las bancadas o los puestos gubernamentales que podría ocupar.
Todos como ciudadanos responsables, en al
aventurada tarea de escoger a nuestra autoridades gubernamentales, no tenemos otra
salida que incitar a los hondureños habilitados para ejercer el sufragio, que
no dejen de hacerlo, principalmente a los que por desinterés no votan y creen
que con ello muestran su rebeldía o inconformismo contra los políticos.
Actitud, más que errónea porque con el abstencionismo, muy creciente en las
últimas elecciones, lo que se ha hecho y se seguiría haciendo, es dejar en
pocos y en los mismos las decisiones que no siempre muchos deseamos o
necesitamos.
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