sábado, 2 de abril de 2011

COSTUMBRES DAÑINAS

Porque será que en todas las oficinas Estatales vemos que no siempre se usa apropiadamente el mobiliario que tanto le cuesta al pueblo. A diario observamos que muchos empleados sin ningún pudor o consideración sobre los bienes del Estado, se sientan tranquilamente en los escritorios a parlar con otros compañeros, aún y cuando a escasos metros tienen al alcance una silla. Se llega al extremo que a veces lo hacen en muebles que los tiene asignado y cargado -con inventario firmado- la persona con la que platican y estas ni se inmutan. Será porque el inventario es solo cuestión de registro, que no se sabe que la reparación por el daño al mueble puede cargársele a él y no a quien lo daña, o será porque cuando un mueble se daña solo se reporta y nadie investiga las circunstancias que ocasionaron el daño. Conocemos casos en que los vidrios de muchos escritorios se han quebrado porque unas frondosas posaderas los han roto al haber sentado en él y no se le ha cargado su reposición al responsable porque el que lo dañó se hace el de a peso o porque quienes lo vieron se hicieron cómplices y no lo reportaron.
Sucede igual con otros materiales que se usan en las oficinas tal es el caso del papel que muchas veces es usado como servilleta para limpiarse las manos, los muebles o para colocar sobre el un refresco o taza y que sirva para absorber la humedad del liquido que se consume. Esto no es nuevo, todos los empleados públicos lo sabemos, lo vemos a diario y talvez hasta lo hemos hecho personalmente. Pero cuando desarrollamos conciencia ciudadana, vemos esos hechos como malas costumbres, como muestras de una cultura de despilfarro y como una actitud que dista mucho de la que un buen empleado público debe mostrar.
Porque no hemos comprendido que en cada material, equipo o mobiliario que se compra con los recursos del Estado –impuestos- hay una moneda de nuestro propio dinero. Sepamos que las reparaciones o la sustitución de los muebles las pagamos con nuestros impuestos y con el de los demás, muchos que a veces ni siquiera conocen nuestras oficinas o las comodidades que exigimos y que nos dan quienes nos dirigen. Si esos empleados se sientan en las mesas o escritorios de su propiedad, que cultura hogareña, y si solo lo hacen en los muebles de oficina, que cultura profesional. No es agradable abordar este tema y más aún no es agradable para aquellos que les cae el guante, pero siento el deber de compartir y expresar mi malestar porque en vivo y a todo color he observado esas escenas. 
Si sabemos que los muebles de hoy se hacen con materiales frágiles y con malos diseños, además que quienes los fabrican los hacen así para vender más cantidad y con mayor frecuencia, no caigamos en ese juego del mercadeo. Mejoremos el comportamiento y cuidemos las inversiones de nuestros impuestos. ■

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