Si el desarrollo del país depende de la mejoría en sus comunicaciones, deberíamos priorizar las carreteras y los medios de trasporte para el traslado de la producción y de las personas que viajando mueven la economía en las ramas del comercio y el turismo.
Pero esto no es así, hoy en día se ha priorizado la telecomunicación como un servicio de primera línea para atender “una de las necesidad básicas del pueblo”. Ese argumento no es válido sino de efecto muy lesivo, inicialmente a la economía individual de los potenciales usuarios y a mediano o largo plazo a la economía nacional cuando se llegue a sumar una morosidad más en los servicios que facilita el Estado, por nuestra poca cultura de no pagar al día o de no pagar nunca nuestras jaranas. Si en cuestión de pagar la energía, el agua y los alquileres no andamos muy bien, que sucederá cuando toda esa población motivada adquiera ese otro servicio público y caiga en la realidad de su verdadero costo.
Para los comerciantes que no han tenido una línea telefónica y según el producto o servicio que prestan podría ser una necesidad urgente, pero para los ciudadanos que no utilizarán ese servicio para hacer prosperar su actividad personal o para hacer mayor clientela -si a lo que se dedican es a brindar servicios- vendrá a ser un lujo. Hay muchas familias que hoy y sin tener un teléfono en su casa, se pasan quejando por sus bajos ingresos ya que estos no les ajustan, imaginémonos qué dirán o sentirán cuando reciban las facturas telefónicas. Recordemos que en estas se registra el tiempo que nos prendemos de ese aparato y que no siempre estamos formados para utilizarlo según la vieja recomendación de que es un medio para acortar distancias y no para alargar conversaciones.
Y si sumamos dos hechos, uno en el cual a veces se corre el riesgo de que se nos carguen llamadas que no hemos hecho, y el otro que algunos dependientes de la familia no les marea el platicar mucho, que llaman sin urgencias y que hasta se molestan cuando se le pide que sean breves en sus llamadas, se empeora la cosa.
Debemos ser mesurados en la promoción de servicios y en la selección de prioridades, no hagamos fiesta con esas necesidades secundarias en un hogar, es suficiente aumentar los teléfonos públicos en lugares públicos y no llevar al público a adquirir otro servicio público en manos de inversionistas privados.
La propaganda hacia el consumismo es galopante, viene con anzuelos de regalías y compromete a los ciudadanos que no miden si en verdad necesitan un teléfono. Si la telefonía se promueve sin clasificar las necesidades del país -comerciales o residenciales-no se sabe si se está ayudando a quienes la tendrán como un medio para generar ingresos o como un egreso sin retorno para otros que la adquirirán solo como otro servicio “básico” más. ■
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