Para tener una idea clara de la realidad y las perspectivas de la educación pública en Honduras es necesario hacer una revisión del rol y los compromisos de quienes, en conjunto o en forma particular estamos llamados a aportar recursos y a orientar o modernizar las políticas educativas del país. Para que los procesos educativos funcionen y alcancen las metas y objetivos nacionales, se necesita que el Gobierno, educadores, padres de familia y alumnos –no necesariamente en ese orden- tengamos una participación activa en dos momentos; primero, durante formulación de los planes y programas de estudio. Y segundo, durante el seguimiento, el monitoreo, y la evaluación de los resultados que se obtienen con los mismos.
El gobierno, debe cumplir con el mandato constitucional de proponer y socializar políticas educativas que permitan poner los recursos financieros y la infraestructura física necesaria para cumplirle al pueblo en su educación gratuita y obligatoria. Debe propiciar un ambiente de dialogo y orientar, a quienes nombra para dirigir y administrar las instancias educativas, sobre los logros positivos que se alcanzan cuando se es propositivo y no se cae en el error de querer imponerse menospreciando lo hecho por otros y mucho menos incumpliendo la leyes vigentes, sean estas de su agrado o no.
Los educadores –maestros, profesores o catedráticos- deben poner a disposición de las autoridades gubernamentales sus conocimientos, sus ideas y las experiencias que han adquirido en el cumplimiento de los programas, pasados o actuales. Deberían dejar por un lado sus callejeras posturas confrontativas, por una organizada y sistemática participación que les permita estar en las mesas o espacios –ojala que bien representados- de debate y discusión sobre el tema de educación.
Los padres de familia deben aprovechar la oportunidad gratuita que el Estado pone a la ciudadanía para educar a sus hijos –me refiero a la educación pública, porque el abordaje de la educación privada tiene otra dimensión y otras connotaciones- y poner su esfuerzo para que sus hijos desarrollen la disciplina del estudio en casa y el cumplimiento personal de sus tareas.
Y los alumnos, también como actores, deben ser vigilantes en cumplir y pedir que se cumplan los programas de estudio en sus carreras. Marcar sus caminos sobre la base de pasar sus cursos habiendo aprendido lo suficiente y no alegrarse y festejar cuando pasan con una nota mínima –de arrastras- porque los que pasan como sobresalientes no brincan o saltan celebrando porque pasaron con un sesenta. Además, deben pensar que muy pronto les corresponderá ser orientadores de sus propios hijos y ojala no les trasmitan desidias ni triquiñuelas ante el estudio.
Finalmente, no sobra pedirles a todos estos actores que sean sinceros y dinámicos en el rol que a cada uno, en su espacio y momento, le corresponde.
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