Que se diga y se nos califique como un país corrupto o que ocupamos determinada posición en un listado de países corruptos, parece que no es o no ha sido una ofensa para nuestra sociedad. Hasta hoy no se ha conocido ninguna reacción seria u oficial –de nuestras autoridades gubernamentales ni mucho menos de las organizaciones civiles- que demuestren preocupación pública o por lo menos que se haga sentir el rechazo de nuestro país por un calificativo de esa naturaleza que quiere, pretende y hasta puede lograr –si es que ya no lo ha logrado- darnos a conocer como una sociedad que en su totalidad es corrupta.
No se puede negar que ese fenómeno, que inicialmente es de carácter individual y casi privativo de la conducta humana, se ha convertido en un flagelo social que ha dañado la imagen de comunidades, sociedades y culturas enteras tanto antiguas como contemporáneas. Y, se ha comprobado que es en aquellas –las que no proponen conductas éticas o morales apropiadas, el respeto a los derechos humanos o castigos a los malos y dañinos comportamientos de personas o de grupos- en las cuales esa acción delictiva ha encontrado condiciones para enraizarse, crecer y hasta casi llegar a ser la vía obligatoria para alcanzar el derecho a obtener empleo, educación y un digno trato para la subsistencia y supervivencia individual.
Pero lo que no se puede justificar es la desidia individual o colectiva para defendernos de un ataque publicitario que nos pone a todos en un mismo saco y no encontrar la manera expedita y justa de ponerles nombre –naturales o jurídicos- a los ciudadanos o empresas que por sus actuaciones e intereses particulares ponen en entredicho a toda una nación. El hecho no es desacreditar a nadie sino restablecer honor a una sociedad que paga por unos pocos pecadores, y en serio, espero que sean pocos.
La corrupción debe ser un tema de discusión y debate permanente en la agenda de país para buscarle solución o reducir su impacto negativo en el comportamiento ciudadano y en el funcionar de las estructurar institucionales. Pero debemos contestarnos muchas interrogantes: ¿Que estamos haciendo para cambiar esa imagen de país corrupto? ¿Quiénes tienen que hacerlo? ¿Por cuáles vías y medios hay que lograrlo? ¿Cuánto tiempo nos llevaremos para lograrlo? ¿Que ganamos o perdemos buscando superar ese calificativo? ¿Estamos decididos a descubrir y sancionar a los causantes? ¿Que se pierde con intentar analizar los factores que influyen o contribuyen para que se nos de ese calificativo? ¿Aceptaríamos cooperación o intervenciones externas para atacar las causas?
Bueno aquí es cuando la mula mato a Genaro, pero para cada uno de nosotros y el Gobierno, intentarlo es una obligación y una muestra de preocupación por recuperar el honor de la mayoría de los hondureños.
No hay comentarios:
Publicar un comentario