martes, 7 de diciembre de 2010

REFLEXIONES DE DICIEMBRE


Se va el año calendario y con ello se nos agregan trescientos sesenta y cinco días  a la vida o a la existencia a los que aun el creador nos tiene en la faz de la tierra. Se cierra un nuevo ciclo de traslación que concluye con una celebración navideña, momento necesario para medir si lo que nos trazamos en el pasado diciembre, lo logramos o no. Si algunos alcanzamos las metas y los objetivos de nuestros planes, sintámonos dichosos, sino revisemos en que, en donde y porque fallamos, para que durante esta época de navidad reflexionemos y nos tracemos nuevos derroteros para nuestro bien y el de nuestro país en el 2011.
Pero para tal propósito y de manera consiente debemos ubicarnos en uno de los dos bandos en que se divide nuestra sociedad -para mi, solo hay dos- uno compuesto por personas que por su profesión u oficio están en los grupos o sectores de los privilegiados del país y el otro compuesto por aquellas personas  que aun con profesión u oficio no profesan o no son bienvenidos para formar parte del primero de los bandos sugeridos y por personas que no han gozado ni gozarán nunca de un calificativo de privilegiados.
A mi ver entre ambos bandos hay muchas similitudes y pocas diferencias, pero es en las diferencias en donde se encuentran los abismos que nos separan como ciudadanos. Es así que solo en la seriedad y en la sinceridad de nuestra evaluación para auto-ubicarnos en uno u otro bando en que encontraremos respuesta a la apreciación y a la visión que tenemos sobre nuestro país, al porque de las desigualdades, la injusticia, el irrespeto de los valores y derechos de los demás y sobre todo al porque no todos podemos celebrar un fin de año o una navidad con tranquilidad, paz, amor y alegría.
La felicidad no se encuentra en las compras que efectuamos, ni en las horas de derroche que fugazmente pasan y nos dejan pobres, desvelados, cansados y panzones por el excesivo consumo de bebidas y comidas. La felicidad la encontramos cuando nos evaluamos y vemos que cumplimos las promesas de la navidad pasada, aquello de que “el otro año no vamos a gastar tanto, no beberé, me portaré mejor, me entregaré por entero a mi trabajo, cambiaré hacia una actitud colaboradora, iré a la iglesia, honrare a mis progenitores, pagaré mis deudas”,  en fin tantas promesas -no metas ni mucho menos objetivos planificados- porque en el fondo eran reflexiones producto de las resacas o de las penas por no habernos preocupado por nosotros mismos, ni por los demás.
Es casi de óptica y de honradez ver las cosas claras y con sentimiento, para no dañar a los demás y sentir que no estamos en el grupo equivocado de la sociedad o por si lo que queremos es cambiarnos de uno al otro, pero con la idea de vivir en carne propia lo que se siente cuando se está en uno u otro bando. ■

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